Tengo un problema con el mundo fashion. Así es, a diferencia de la célebre canción de la ex bandita Gustavo Cerati, yo no quiero ser del jet set. No entiendo la fascinación de la gente con lo cool. O mejor dicho, la entiendo pero no la comparto.
Dejando de lado todo tipo de reclamo progresista – revolucionario (porque me proclamo cerdo capitalista) me preocupa mucho vivir en una sociedad en la que continuamente te fomentan ser una suerte de producto descartable en donde no hay lugar para el que viene con un mínimo error de fábrica:
1. Tus ojos tienen que ser celestes y tu cuerpo, el de un patovica.
2. Tenés que estar bronceado porque “¡no va estar blanco bolú!”.
3. Tenés que codearte con la gente importante porque sino “no existís”.
4. Tenés que tener el auto último modelo, la casa grande y la mujer hueca y trola (pero como se apellida “Iraola” te da la chapa para pertenecer).
5. Si los dígitos de tu edad superan los treinta y largos ya estás para el retiro (hay alguien más joven y más atractivo listo para serrucharte el piso y quedarse con tu trabajo).
Podría seguir enumerando, pero creo que se entendió la idea. En definitiva, si hay algo más tirano que la moda es el deseo desmedido de la gente de exhibirse cual pavo real y de hacer esa división arbitraria entre dos polos: lo que va y lo que está out.
Algunos filósofos se rompen la cabeza tratando de comprender la historia de la humanidad: ¿era el hombre bueno por naturaleza y después se corrompió o hay una tendencia hacia el mal y el desorden inscripta en él? Verán, no seré Levi Strauss (ni Kevingston, ni Kosiuko para el caso) pero tengo mi propia teoría. Seguro que los primeros tipos eran re buena onda. Bah, la realidad eran buena onda porque no les alcanzaba el cerebro para otra cosa que no fuera rascarse la cabeza, gruñir y comerle los piojos al amigo que se sentaba al lado. Las mujeres andaban por ahí, dando vuelta con los pechos al aire, pero como eran todas peludas (!) no había ningún problema. ¿Quién se iba a andar peleando para ver si se tiraba a un mono bajito, encorvado y sin dientes? Nadie, era más divertido pegarse con unos garrotes o salir a achurar a algún animalito.
Hasta ahí estaba todo bien, pero todo se arruinó cuando el primer homínido con un poco más de cerebro que los otros propuso un sistema de beneficios para los hombres más productivos:
a. Los hombres más fuertes iban ser cazadores e iban tener las mujeres con menos pelos en la espalda.
b. Los hombres más altos iban a recolectar frutos e iban a tener las mujeres con un poco más de pelos y más arruinadas.
c. Los hombres bajitos, feos y debiluchos iban a ser agricultores e iban a hacer de mujeres para el resto de los hombres cuando no alcanzaban las otras (o sea, iban a tener que vivir agachándose).
En otras palabras, todo se arruinó cuando el tipo más fachero de la tribu – probablemente el padre de una nueva raza: los políticos – propuso un sistema altamente injusto. Ahora, las mujeres no se quejaron porque obviamente, preferían comerse un tipo musculoso y con la pi…digo, con brazos más grandes antes que tocar a un feúcho. Los altos se coparon porque dijeron “por lo menos no me toca lo peor, de última me pongo a levantar piedras, me vuelvo musculoso y entro al clan que se lleva las mejores minusas” (vendrían a ser como la versión antigua de un wannabe). Por último, los bajitos y feos nada pudieron hacer para resistir semejante atropello porque se les venían al humo los cazadores, los altos y las mujeres (¡rajemos negro!) y porque tal vez a alguno le atraía el prospecto de agacharse (pero no por el tema de la agricultura si entienden lo que digo).
Conclusión 1: todo se arruinó cuando un nabo impuso moda y el resto lo siguió en búsqueda de mejor nivel social y mujeres más fáciles. Así empezó una larga historia de injusticias que acompañó el desarrollo de la humanidad hasta nuestros días.
El tema del estatus francamente nunca lo voy a entender. No entiendo que le ve de atractivo una mujer a un tipo grasa, con dos neuronas (una para caminar y otra para respirar) y cuyo único mérito es tener plata. Bueno, sí entiendo, todas tienen su precio. La única diferencia es que algunas salen un poco más caro que otras. Unas te piden literalmente que les des muchos billetes; otras te exigen esclavitud y sumisión escondidas bajo una palabra engañosa: “compromiso”; otras te presionan para que cambies y para que te conviertas en lo que ellas esperan que seas. ¿Cuál es el problema de dejar que la gente sea como quiere? Ellas piden, ellos acceden con tal de sumar puntos para más tarde (y no hablo de puntos de la tarjeta discoplús). Si querés comer nenas tenés que exhibirte, pavonearte, cacarear y “ser re piola”.
Tampoco entiendo el tema del lobby. O sea, podés ser un tipo brillante pero si no tenés conexiones o no hacés buenas relaciones públicas no vas a ningún lado. Sólo llega el que hace bombo y sabe como promocionarse. Una vez más, el hombre es prisionero del mundo fashion en donde carisma y glamour ganan más que un buen currículum. Podés patalear y hacer un berrinche, pero no te queda otra opción más que entrar en el juego. Subir en la escalera social es una competencia de la que quieras o no formás parte. No hacerlo equivale al suicidio mediático, al ostracismo y a muchas noches sólo.
Conclusión 2: el sistema injusto es excluyente. Estás adentro o afuera, no hay término medio. No podés ser “un poco fashion” o ser cool sólo de viernes a domingos. Es una carrera de todos los días, y el que no compite queda afuera: es el paria, el freak. Y la gente prefiere no codearse con esos por temor a las represalias de la opinión pública y que les reste puntos en su fenomenal vida social. Por lo tanto básicamente el hombre debe debatirse entre cumplir con los mandatos sociales y expectativas o buscar su propio camino.
Que la vida sea el camino que cada uno elije y no algo que otros tratan de imponer desde afuera.
¡Hacele caso a tu sed!…pero a la verdadera y no a esa que te hacen creer que tenés.
P.D: ¡cuidado con los publicistas que son todos unos vende humo!
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